Rodolfo levantó las orejas, alertado por unos pasos en las escaleras de la puerta principal. A la abuela María no le dio tiempo de llamar al timbre, ya que los gorgoritos de Rodolfo avisaron a Rosaura que había alguien en la puerta.

Esa tarde la abu María venía a quedarse conmigo, según mamá no podía quedarme solo en casa, y eso que tengo ya siete años. Mamá tenía que asistir a una merienda de la asociación benéfica, de la que es presidenta, en casa de su amiga Piluca, la mamá de mi amigo Guillermo, y las dos decidieron que pasáramos la tarde juntos y que la abuela María nos cuidara, ya que esa tarde coincidía con el descanso semanal de Rosaura.

—Holaaaaa —saludo la abuela María al entrar en el salón.

—¡Abu!

—Hola cariño.

—Buenas tardes, dijo Guillermo todo solemne, al tiempo que le tendía una mano y en la otra sostenía una zanahoria a medio comer. 

La abuela María esbozó una amplia sonrisa mientras les estrechaba la mano. Guillermo como siempre comiendo, pero lo que dibujo un gesto de extrañeza en la cara de la abuela María es que estuviera comiendo una zanahoria. Desde hace un tiempo que leímos un libro, que el abuelo Claudio me regalo, sobre un niño que se hizo amigo de las frutas y verduras, Guillermo ha empezado a comer fruta y verdura.

—Niños, poneos vuestros abrigos que nos vamos.

—¿Dónde vamos abu?

Con la abuela María siempre hago cosas muy divertidas, voy a museos, conciertos de música clásica, pintamos, la ayudo con su jardín, pero lo que más me gusta es ir a los ensayos de las obras de teatro que se representan en el teatro de la abuela María. Mis amigos me dicen que suerte tengo de tener una abuela tan divertida y que me lleva a tantos sitios. La abuela María siempre está contenta, viste con ropa de vivos colores, suele llevar sombrero y siempre lleva unos enormes pañuelos enroscados en el cuello.

—A un curso de cocina que empiezo hoy.

—¿A un curso de cocina? —pregunto Guillermo, entusiasmado —¿y va a haber chocolate?

La abuela María lanzó una sonora carcajada mientras le revolvía el pelo a Guille, que aún no se había acabado la zanahoria.

Al salir a la calle nos recibió un gélido aire que hizo que nos estremeciéramos. Las farolas comenzaban a encenderse, y una alfombra de hojas secas crujió bajo nuestros pies. En la calle no había nadie, salvo nosotros, y quien nos viera pensaría donde puede ir ese extraño cuarteto formado por dos niños, una mujer con un abrigo rojo, sombrero negro y una enorme bufanda de vivos colores y un gato, una fría tarde de diciembre.

Cuando nos detuvimos delante de un edificio de ladrillos rojos, la abuela María leyó en alto: École de cuisine du Poireau. Al entrar nos recibió una chica que nos acompañó a una cocina enorme, nos indicó donde podíamos dejar los abrigos, ponernos el delantal y el gorro, y lavarnos las manos.

Cuando entramos en la cocina, la abuela María nos indicó que nos sentáramos en unos taburetes altos. Delante de nosotros teníamos una mesa con jamón cocido, huevos, zanahorias, un tarro que parecía mayonesa, unos tomates muy pequeños, platos, cuchillos, tenedores, cucharas… Rodolfo dio un salto y se sentó en mi regazo lanzando un leve maullido de extrañezas. Hasta ese momento había pasado desapercibido, pero el señor que estaba en el centro de la cocina con un gorro blanco muy alto y unos bigotes negros que se le enroscaban hacia arriba y las puntas casi le tocaban la nariz se acercó a nosotros.

—¿Qué hace un gato en mi cocina?

—Chef Poireau, no se preocupe por el gato —respondió la abuela María con la mejor de sus sonrisas.

— En mi cocina no entran animales, dijo el Chef Poireau visiblemente enfadado.

—Rodolfo es un miembro más de la familia, es el gato de mi nieto y lo acompaña a todos los sitios, fíjese que hasta lo llevo a África. Rodolfo es educado, mucho más que algunas personas, y sabe respetar — continúo diciendo la abuela María sin perder la sonrisa. 

Rodolfo se acurrucó en mi regazo y lanzo al Chef Poirreau un gorgorito que hizo que la mirada del Chef Poirreau se dulcificara y esbozara un amago de sonrisa.

—Bien, comencemos la clase. Mi nombre es Pepín Poirreau, y voy a ser vuestro profesor. El curso al que os habéis apuntado es un curso en el que aprenderéis recetas rápidas, fáciles y sanas. Recetas que podréis hacer en casa con vuestros hijos, nietos y demás miembros de la familia — concluyo el Chef Poirreau mirando a Rodolfo. Hoy vamos a hacer una receta muy fácil, rápida y nutritiva. Rollitos de jamón rellenos de zanahoria.

—Perdón señor —dijo Guillermo levantando la mano como cuando estamos en clase, ¿no vamos a hacer alguna receta con chocolate?

—Veo que eres goloso, la próxima clase haremos una receta de galletas de nuez, ¿te parece bien?

Guillermo movió la cabeza afirmativamente y se colocó bien el gorro que se le había ladeado. 

La hora y media que duro la clase se nos pasó volando, la abuela María se encargó de cocer los huevos, pelar y cortar las zanahorias, y nosotros de hacer la pasta de queso con zanahoria y huevo con el que rellenamos las lonchas de jamón y colocar sobre cada rollito esos tomates tan pequeños, que según nos dijo la abuela María, se llaman tomates Cherry.

Cuando llegamos a casa, aún no había llegado nadie, así que decidimos hacer la cena con la receta que acabamos de aprender. El primero en llegar fue papá, que quedo gratamente sorprendido con el trajín que teníamos en la cocina. Al poco rato llego mamá con mi hermana Raquel y su amiga Piluca. Mamá se sintió aliviada al ver que la cena estaba hecha. Piluca y Guillermo se quedaron a cenar, todos disfrutamos de esta rápida y fácil receta junto con una ensalada, y unas natillas de chocolate que había hecho Rosaura antes de irse.

Durante la cena Guillermo no comió apenas porque no paraba de hablar de lo bien que se lo había pasado hoy, que quería volver. La abuela María dijo que estaría encanta de llevarnos con ella a las clases de cocina, y que además coincidían con las vacaciones de navidad en el colegio. La mamá de Guillermo era la más recia a que fuéramos a las clases de cocina, pero al oír lo de las vacaciones accedió encantada.

Papá, le paso un brazo por los hombros de la abuela María mientras le daba un beso y, un gracias mamá, se fundieron con el fuerte maullido de Rodolfo reclamando comida.

Rollitos de jamón rellenos de zanahoria

Prepara unos rollitos de jamón cocido rellenos e una cena ligera que se hace en minutos en esos días que llegamos agotados del trabajo, y lo único que nos apetece es enfundarnos el pijama relajarnos.

Ingredientes:

  • 10 lonchas de jamón cocido
  • 2 zanahorias
  • 100gr de queso crema
  • 30 gr de mayonesa
  • 2 huevos cocidos
  • Tomatitos cherry

Preparación:

Pelamos las zanahorias y las cortamos en trozos pequeños, las introducidos en la picadora y las picamos, añadimos los huevos y hacemos lo mismo. Agregamos el queso crema y la mayonesa y le damos un golpe de picadora para que se mezclen todos los ingredientes. Ya tenemos nuestro relleno listo.

Extendemos las lonchas de jamón y ponemos sobre ella nuestro relleno, las enrollamos y cerramos con un palillo y un tomatito cherry.

Y ya tenemos lista una cena fácil y saludable en tan solo unos minutos.

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