Relatos cortos

La Maquinación

Sandra Ovies

De forma mecánica Leopoldo no paraba de dar vueltas al café que le habían servido hace más de media hora. Una frase de Borges no para de repetirse en su cabeza. «Siempre pensé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca», y no podía disfrutar de ese paraíso por las oscuras intenciones que albergaba. Para Leopoldo entrar en una biblioteca era un bálsamo que lo curaba todo, y hoy no podía disfrutar de ese paraíso. Era contraproducente que lo relacionaran con visitas asiduas a la biblioteca, siquiera que todo saliera bien. Así que lo mejor era lo que estaba haciendo, esperar a que el muchacho que veía tocar el violín en el metro disfrutara por un momento de ese paraíso.

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 Leopoldo había planeado matar a su mujer, por fin iba a terminar lo que empezó a los pocos años de matrimonio. Llevaba años matando a Martina con su indiferencia, arrogancia, prepotencia, anulándola como persona y considerándola poco más que un objeto de su propiedad, pero de cara a la sociedad eran el matrimonio perfecto que se querían como el primer día. Leopoldo había decidido que quería experimentar algo nuevo y saber lo que se siente planeando el crimen perfecto. Desde hacía unos meses tenía la necesidad imperiosa de experimentar como sería acabar con la vida de Martina.

Se había imaginado muchas formas, fingir un suicidio y ser el desconcertado y desconsolado viudo. Un secuestro exprés que salió mal. Simular un atraco en la calle. Todo eso estaba muy bien, pero él quería algo más sutil, y una noche observando como su mujer se ponía perfume antes de salir a un acto social había encontrado el modo. Todo era perfecto, desde niño era aficionado a la química, afición que nadie sabía y es más en su despacho había una puerta secreta que llevaba un laboratorio que solo él conocía. 

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Comenzaría a buscar un veneno que no dejara rastro y que Martina se lo podría todos los días. Iba a envenenar su perfume, de forma lenta iría haciendo efecto hasta que llegara el desenlace tan deseado por Leopoldo. Nadie sospecharía, tenía que buscar un veneno que la fuera debilitando y que provocara un fatal desmayo, así todo parecería un irremediable accidente. Y por eso esta privado de su paraíso, no podía permitirse el lujo que alguien lo asociara sacando libros de venenos. Por ese motivo está esperando ver salir de la biblioteca al muchacho que toca el violín en el metro, y comprobar como deja el libro en la taquilla número trece de la estación de autobuses, tal y como le indicaba en la nota que le dejo con cien euros en la funda del violín.

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